El regalo del mar

Mei llega a la casa de trabajo

Una histora de Mei y Julius

La joven, aterida del húmedo frío que subía de los canales, tocó de nuevo al recio portón. Se veía luz en las ventanas de los sótanos, a ras del suelo de la calle, pero nadie parecía escuchar desde allí los golpes de la entrada. Tras un buen rato insistiendo, una mujer mayor con cara de sueño abrió la puerta, y la miró de arriba abajo, con poco disimulado desdén, y ojos legañosos de sueño.
- ¿Que buscas jovenzuela?-Graznó más que hablar.
- Me dijeron que aquí podría encontrar cobijo y cena.- Temblaba de frio, pero de alguna manera consiguió que su voz no sonara entrecortada.
La vieja, deseando volver al calor de la cama y apartarse del helor que entraba por la puerta, le hizo un gesto resignado, dejándola pasar y después cerrando los pesados pasadores.
- Sígueme a la cocina. Aún queda algo de sopa. Te la calentaré.
Meina siguió a la anciana, mientras miraba con curiosidad a su alrededor. El sitio era espartano pero limpio. Un agradable escalofrío la recorrió cuando su cuerpo empezó a sentir el calor del hogar, y a expulsar la humedad de sus huesos. Se oía un tenue ruido de maquinaria que provenía de abajo, y un leve olor dulzón que no supo reconocer impregnaba el lugar. El olor la intrigaba. Tenía buen olfato. Sus años en la herbolaria de su madre le habían hecho tener un delicado sentido para reconocer los diferentes olores de plantas y emplastos. Pero aquello era nuevo. Desde luego no era una planta natural, ni nada comestible, a pesar de su agradable aroma. Era algún tipo de compuesto elaborado.
La vieja le señaló una gran mesa, mientras revisaba entre varios pucheros, hasta encontrar uno que todavía contenía algo supuestamente comestible. Con un gran cucharon sacó varias cucharadas y las puso en un cazo más pequeño, que colocó junto a la lumbre. Después se dirigió a una alacena, de donde sacó un cesto con varias hogazas de pan. Le tendió uno a la joven. Sin esperar a su reacción se giró de nuevo hacia otro armario, y de entre unos trapos húmedos sacó queso y lo puso en un plato.
- Ve comiendo, niña. Estas azul y transparente. La sopa estará caliente enseguida. – La vieja se permitió un leve gesto de complicidad.-! Anímate, no vas a morir de frio esta noche!!Y por todos los santos que hace un helor del infierno! Se acercó de nuevo al fuego y metió un par de trozos de madera más para avivarlo. Se giró de nuevo hacia la joven, que comía sin disimular el hambre.
- ¿Y bien? ¿De dónde vienes?¿Cuál es tu historia?
- Acabo de llegar en un mercante, – dijo ella tras unos instantes intentando tragar el queso seco y rancio- Tengo familiares en la ciudad, pero deben haber cambiado de dirección porque no he conseguido encontrarlos. Pero le aseguro que mañana….
- Por supuesto, por supuesto niña…, – cortó la vieja con desprecio- . Ambas sabían que aquello era mentira. Y la vieja estaba cogiendo fuerzas para soltarle uno de sus ensayados sermones cuando volvieron a escuchar el repiqueteo de la puerta.
- ! Maldita sea esta noche!, ¿que no piensan dejarme dormir?- Refunfuñó mientras se dirigía de nuevo hacia la puerta y dejaba a Mei sola en la cocina, tiempo que ella aprovechó para coger otro trozo de pan y otro de queso, guardárselos bajo la camisa, y después seguir comiendo como si tal cosa.
- Por dios bendito, Padre Bentham, ¿qué le ha ocurrido?- Escuchó decir a la vieja con voz alarmada. Los pasos se acercaron hacia la cocina de nuevo, y la mujer entró acompañada de un hombre mayor, con gesto de dolor en la cara, y agarrándose de un costado una mano ensangrentada.
El hombre se dejó caer en una silla pesadamente, Después intentó extraer algo de uno de los bolsillos de la pesada levita, pero la posición en la que estaba parecía provocarle un intenso dolor y no era capaz de mover el brazo adecuadamente para extraer lo que fuese del bolsillo. Mei le observaba sin pudor, como quien observa a una tortuga que se queda sobre su caparazón, intentando moverse infructuosamente.
La anciana regresó a la habitación, con una palancana y varias vendas.
- Padre, no entiendo como acaba un hombre de Dios como usted siempre metiéndose en líos. No debería mezclarse con esa gentuza que frecuenta, cualquier día acabará fiambre, como nuestra benefactora la señora Grazier, que en paz descanse, o nuestro querido contable, que Dios le guarde en su seno, !pobre hombre! Ay señor que no ganamos para desgracias en esta casa…
- ¿Puede callarse un momento y bajar a buscar a Marcus?- El hombre cortó la cháchara de la mujer con una voz muy particular, con un ligero gorgojeo, aunque profunda y autoritaria, y con un claro matiz de cansancio. La mujer se calló en el acto, dejó las vendas y salió de la habitación.
- Y tú- Miró a Mei como si acabase de descubrir sus presencia en la habitación.-Ayúdame a quitarme la ropa.
Mei se levantó y le quitó la pesada gabardina negra. La dejó caer al suelo, y sonó pesadamente, como si llevase los bolsillos llenos de plomo o de botellas. Continuó con la chaqueta y el alzacuellos. Bajo este pudo descubrir unas feas marcas en el cuello, rodeándolo. Eran las marcas de una soga, que habían quemado y desollado casi toda la piel, en su garganta y en los laterales. Ahora entendía su particular tono cascado de voz de voz.
Tras quitar con dificultad la chaqueta, pudo apreciar que la camisa estaba agujereada y enrojecida de sangre. El cura sacó un par de pistolas de su cinturón y las tiró sobre la mesa. Señaló a Mei su gabardina en el suelo. Ella siguió la dirección del dedo, y registró los bolsillos. Eran bolsillos muy amplios, y en ellos había de todo. Arrodillada en el suelo, empezó a sacar cosas y colocarlas sobre la mesa, pues no sabía que era lo que el cura quería. Sacó una pesada biblia, de cantos metálicos remachados. Una navaja. Una bolsa de dinero. Un manojo de llaves. Bolas de plomo, una botella de whisky. El hombre gruñó. Era eso.
Mei abrió la botella y se la pasó. El cura dio un largo trago. Después suspiró y pareció relajarse. Le tendió la botella a la joven y cerró los ojos, esperando que el alcohol hiciese algo de efecto. Mei bebió un pequeño trago. Era whisky irlandés, de buena calidad. Se acercó a la camisa y con cuidado la apartó de la piel, quitándosela, e intentando asegurarse de que no quedasen restos de tela adheridos a las heridas. Había todo un racimo de pequeñas heridas sanguinolentas. Un disparo de escopeta o trabuco, pensó. Cogió una de las vendas de la mesa, la mojó en la palancana, la escurrió y empezó a limpiar la herida. En un primer momento le sorprendió que aquel vejestorio estuviese aún en pie tras un disparo así, pero tras limpiar un poco el cuerpo y examinar su torso desnudo más de cerca empezó a dudar sobre la aparente fragilidad de aquel hombre. No había duda de que era más duro y resistente de lo que por su forma de andar y por lo ajado de su rostro había imaginado. Su cuerpo era muy delgado, pero también fibroso y correoso. Estaba plagado de cicatrices. Impactos de bala, cortes cosidos con mayor o menor destreza, antiguas marcas de latigazos en la espalda. Cortes en los brazos propios de quien ha peleado a navajazos por su vida.
Mei casi había terminado de limpiar el cuerpo cuando otro hombre entró en la cocina. Iba sucio y desaliñado, y trae consigo ese penetrante olor dulzón irreconocible que tanto la había intrigado antes.
- Vaya, que sorpresa, Julius. Sangrando de nuevo.- El sarcasmo era evidente. El hombre aparto a Mei sin apenas mirarla y examinó las heridas de cerca.
- Mmmm. Esto te va a doler, tienes todo el plomo dentro, – le dijo con desgana, como quien habla de algo aburrido y rutinario, mientras palpaba las heridas con su manos sucias-. Llamaré al médico.
Se levantó y se dirigió a la salida cuando el cura le preguntó.
- ¿Cómo llevamos el trabajo? ¿Estará listo a tiempo?
Riven sonrió, con esa sonrisa entre infantil, juguetona y malévola tan característica suya.
- Por supuesto. Estamos en la fase final de la mezcla, ¿no lo hueles? – Riven inspiro teatralmente, para reforzar sus palabras-. Esta vez ha salido un coctel perfecto, jijijiji. Te va a encantar. – Se dirigió de nuevo a la puerta. – Aviso al médico. Yo de ti no me movería mucho por cierto. Tú, encanto. – Dijo mirando a Mei-. No dejes que se mueva, ni que beba más, ¿vale? Y sin esperar respuesta desapareció de nuevo en el pasillo, tarareando una incomprensible melodía.

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Genial, me gusta mucho

Mei llega a la casa de trabajo
simaehl simaehl

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