El regalo del mar

Bran llega a su limite

El aterrador engendro mecánico se movía con endiablada velocidad, pisoteando con violencia todo a su paso, disparando y rociando a llamaradas con sus cañones. Con dificultad pero con valentía, fuimos atacándolo, algunos intentando inmovilizarlo, y otros intentando ahogar sus cañones y sus chimeneas, para que se sobrecalentara y dejase de funcionar. Y lo conseguimos, pero no lo suficientemente rápido.
Hasta en tres ocasiones, Bran se encaramó saltando sobre el robot, con una habilidad inusitada y una maestría en el combate que pocas veces había llevado a tal extremo tan límite y suicida. Y al final la suerte dejó de acompañarle. Cuando estaba obstruyendo la última chimenea un fortísimo golpe con una de las patas robóticas le lanzó volando por los aires. El golpe le quito el aliento y le dejó paralizado. Y apenas pudo moverse cuando el mecanismo empezó a avanzar de nuevo hacia él, con la intención de aplastarlo.
La imagen de aquella mole metálica moviéndose implacable, a pesar de todos los esfuerzos realizados para pararla fue demasiado para él. De nada sirvió que instantes después fuese cañoneada y reventada en pedazos ante sus ojos. El mal ya estaba hecho. El terror se había apoderado de Bran irremisiblemente.
Ya nunca volvería a ser igual.
Su confianza en su destreza con las armas se había despedazado. A pesar de que este era un enemigo que no tenía sentido pensar en combatir con su técnica de la Estrella Fugaz, su mente no supo encajarlo. De repente, todos aquellos años de entrenamiento dejaron de tener sentido para él. ¿Que se podía hacer contra una maquina así?
Se sintió viejo e inútil. De nada servía el duro entrenamiento. El futuro había llegado para barrer a los luchadores. No importaba cuantas batallas hubieses sobrevivido, o cuan perfecto era cada uno de sus movimientos, ensayados, y sincronizados como un perfecto baile.
Ya no volvería a empuñas la espada con convicción. Lo sabía perfectamente. Sus días como soldado habían acabado.
Estaba roto.
Aquel día envejeció veinte años. Su pelo se volvió ralo y canoso. En las siguientes semanas apenas comía y perdió muchísimo peso.
Lloro amargamente por todas las batallas que había librado y perdido, y por todas las que confiaba en poder librar y ya nunca libraría.
Y sobre todo lloró por la pérdida de Roslyn, que no fue a visitarle en sus días más oscuros, que desoyó sus cartas suplicantes, y que hizo caso omiso de su amor.
El corazón romántico de Bran no pudo soportar tanto dolor. Ya no estaba preparado para la batalla.
Se refugió en los arreglos para la apertura del nuevo negocio de la banda. Un local de juegos y apuestas al que llamaron “El Temerario”. Era un proyecto sencillo y asumible. El resto de asuntos de la banda le empezaban a quedar grandes. Si era capaz de regentar El Temerario y hacer que diese beneficios, sería suficiente para él. Ya estaba cansado de correr por encima de los tejados, de esquivar estocadas y dejarse la vida en cada golpe.
Necesitaba un ritmo más tranquilo.

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simaehl umerue

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