El regalo del mar

Bran llega a su limite

El aterrador engendro mecánico se movía con endiablada velocidad, pisoteando con violencia todo a su paso, disparando y rociando a llamaradas con sus cañones. Con dificultad pero con valentía, fuimos atacándolo, algunos intentando inmovilizarlo, y otros intentando ahogar sus cañones y sus chimeneas, para que se sobrecalentara y dejase de funcionar. Y lo conseguimos, pero no lo suficientemente rápido.
Hasta en tres ocasiones, Bran se encaramó saltando sobre el robot, con una habilidad inusitada y una maestría en el combate que pocas veces había llevado a tal extremo tan límite y suicida. Y al final la suerte dejó de acompañarle. Cuando estaba obstruyendo la última chimenea un fortísimo golpe con una de las patas robóticas le lanzó volando por los aires. El golpe le quito el aliento y le dejó paralizado. Y apenas pudo moverse cuando el mecanismo empezó a avanzar de nuevo hacia él, con la intención de aplastarlo.
La imagen de aquella mole metálica moviéndose implacable, a pesar de todos los esfuerzos realizados para pararla fue demasiado para él. De nada sirvió que instantes después fuese cañoneada y reventada en pedazos ante sus ojos. El mal ya estaba hecho. El terror se había apoderado de Bran irremisiblemente.
Ya nunca volvería a ser igual.
Su confianza en su destreza con las armas se había despedazado. A pesar de que este era un enemigo que no tenía sentido pensar en combatir con su técnica de la Estrella Fugaz, su mente no supo encajarlo. De repente, todos aquellos años de entrenamiento dejaron de tener sentido para él. ¿Que se podía hacer contra una maquina así?
Se sintió viejo e inútil. De nada servía el duro entrenamiento. El futuro había llegado para barrer a los luchadores. No importaba cuantas batallas hubieses sobrevivido, o cuan perfecto era cada uno de sus movimientos, ensayados, y sincronizados como un perfecto baile.
Ya no volvería a empuñas la espada con convicción. Lo sabía perfectamente. Sus días como soldado habían acabado.
Estaba roto.
Aquel día envejeció veinte años. Su pelo se volvió ralo y canoso. En las siguientes semanas apenas comía y perdió muchísimo peso.
Lloro amargamente por todas las batallas que había librado y perdido, y por todas las que confiaba en poder librar y ya nunca libraría.
Y sobre todo lloró por la pérdida de Roslyn, que no fue a visitarle en sus días más oscuros, que desoyó sus cartas suplicantes, y que hizo caso omiso de su amor.
El corazón romántico de Bran no pudo soportar tanto dolor. Ya no estaba preparado para la batalla.
Se refugió en los arreglos para la apertura del nuevo negocio de la banda. Un local de juegos y apuestas al que llamaron “El Temerario”. Era un proyecto sencillo y asumible. El resto de asuntos de la banda le empezaban a quedar grandes. Si era capaz de regentar El Temerario y hacer que diese beneficios, sería suficiente para él. Ya estaba cansado de correr por encima de los tejados, de esquivar estocadas y dejarse la vida en cada golpe.
Necesitaba un ritmo más tranquilo.

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El Padre Bentham entra en Ironhook

musica:
https://www.youtube.com/watch?v=rcrn8Gng9NY

El penal de Ironhook era un avispero expectante el día que El padre Bentham vistió por primera vez el pijama de rayas. Conocía a casi todos y casi todos le conocían. Siempre había estado al otro lado de los barrotes. Les había proporcionado confesión. Algunos la buscaba de verdad, otros aprovechaban ese tiempo simplemente para poder cerrar los ojos y relajarse durante un momento en el que no tenían que mirar alrededor de soslayo buscando el omnipresente peligro de alguien queriendo ajustar cuentas. Les había proporcionado alcohol y tabaco, había llevado y traído cartas a la familia o a los compinches de fuera. Les había leído los periódicos a los iletrados, aprovechando para manipular la lectura y hacerla más amena a los oídos de la persona en concreto que escuchaba.
Pero nunca hubiesen imaginado que lo iba a trincar por asesinato, y que iba a estar tras los barrotes, entre ellos, la más selecta escoria de Doskvol.
Ni siquiera los guardias sabían muy bien cómo tratarle. Estaban acostumbrados a insultar y empujar a los reclusos, a intimidarlos y tratarlos como basura prescindible. Pero el Padre siempre había sido para ellos una figura de autoridad. Por su cargo eclesial, por su función apaciguadora en el penal, pero sobre todo por su porte altivo y la fuerza de su mirada. El semblante pálido y adusto de Bentham encajaba tan bien en aquel lugar, que a pesar de llevar solo un año frecuentándolo, se había mimetizado con él, y parecía formar parte de las paredes, del óxido de los barrotes, de la humedad del suelo, y del olor fétido a orín y sudor que no había manera de quitarse de encima una vez entrabas allí.
Bentham se cambió de ropa en silencio, doblando pulcramente su hábito. Se salvó de la obligada ducha a presión. Ningún guardia se atrevió a coger la manguera. Después cogió su hatillo, con la muda de pijama, sus cubiertos y el par de mantas que les daba a todo recién llegado y empezó el paseíllo que le llevaría a su celda, pasando por delante de todas las demás.
Cuando entró en el corredor, el escándalo de tazas entrechocando los barrotes era ensordecedor. Algunos tocaban en clave de mofa, otro en clave admiración y apoyo, otros por sencilla sorpresa y aburrimiento.
Julius avanzó por el corredor mirando a unos y a otros. Hizo algún que otro parco gesto para aquellos más conocidos o habituales de sus visitas. Su mirada era de satisfacción y tranquilidad. Muchos se sorprendieron de ello. No parecía que estuviese entrando en uno de los lugares más hediondos de Doskvol, o al menos no parecía el tipo de gesto de alguien que sabe que va a permanecer allí una buena temporada. Era como si fuese un día más de trabajo. Una rápida visita y de nuevo a disfrutar de la luz del sol. Algunos incluso lo creyeron así, y no acabaron de convencerse de que era un recluso hasta que no volvieron a verlo al día siguiente en el patio, como todos los demás.
Su primer compañero de celda se llamó Jerald. Un miembro de Las Hoces. Un auténtico matón de tomo y lomo, grande, pendenciero e intimidador por naturaleza. Miró a Julius cuando entró, evaluándole. El cura le mantuvo la mirada, y esto no pareció gustar a Jerald, que sin mediar más palabra le soltó un puñetazo que lanzó al cura contra la puerta que acaba de traspasar.
Julius se levantó sin quejarse, recogiendo su hatillo, y volvió a mirar a Jerald, que parecía enormemente complacido con su nuevo saco de boxeo.
- Jesus solía decir aquello de perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero tú sí que lo sabes. Y como se te ocurra tocarme de nuevo lo vas a lamentar más que el hijo de Dios en su hora final.
Otro puñetazo se estrelló contra el arrugado rostro del viejo. Y después otro. Julius no era un gran boxeador, pero si tenía un aguante digno del más tenaz boxeador. Encajó la paliza como pudo, mientras los presos que tenían ángulo para ver lo que sucedía en la celda corrían la voz por todo el bloque.
Al día siguiente Benthan estaba amoratado y entumecido por los golpes, pero eso no le impidió dar su primer paseo por el patio y empezar a hablar con algunos de sus amigos allí.
El día siguiente Jerald apareció muerto en la cantera. Al perecer una roca golpeó accidentalmente su cabeza.
El siguiente compañero que tuvo fue Stiff. Un joven carterista, de los Sabuesos de Niebla. Tal vez en la corte, limpio y bien vestido podría haber triunfado como galán por su juvenil y atractivo aspecto, pero que aquí estaba sufriendo un calvario precisamente por ello. Lo habían convertido en una putita que se iban intercambiando entre varios presos invertidos y depravados.
- Mandaras este mensaje a los tuyos,- le dijo entregándole un sobre cerrado -. Y te prometo que ni a ti ni a nadie de tu gente le volverán a tocar un solo pelo aquí dentro.
Nadie volvió a tocar un solo pelo a Stiff ni a nadie de los Sabuesos. Y las relaciones fuera con los Sabuesos empezaron a mejorar notablemente. Esto y el asunto de Jeffry con los Exen Wolf hicieron que ambas bandas reconociesen que podían coexistir y ayudarse.

Desde aquello Stiff se convirtió prácticamente en el secretario de Benthan. Era el que recogía o entregaba la mayoría de los recados a los otros presos. Los habitantes de Ironhook pronto asumieron que Stiff era intocable, y él pudo de nuevo volver a salir al patio sin miedo a que lo encularan.
Julius salía poco. Escribía a diario varias cartas, que se entregaban al correo de inmediato y salían en todas direcciones. Pasaba mucho tiempo meditando. Stiff una vez se atrevió a preguntarle porque dormía tanto, a lo que el cura le respondía que no estaba dormido, sino que observaba la ciudad con los ojos cerrados. Stiff creyó que fanfarroneaba, pero con el tiempo y con las conversaciones que tenía en sus vis a vis con sus hermanos de banda, pronto empezó a darse cuenta de que el cura parecía tener siempre información de lo más actualizada sobre lo que ocurría fuera del Penal, y empezó a pensar si no sería cosa de brujería…
Tiempo después llego el asunto de los Lampblacks. El Padre Benthan estaba muy interesado en uno de ellos. Durante días se volvió más activo de lo activo de lo habitual, preguntando e indagando sobre el entorno de aquel tipo, y asegurándose de tener a la gente adecuada de su parte si la cosa se complicaba. Intentó conseguir un pincho, pero no hubo tiempo suficiente, así que optó por simplemente conseguir que le aislasen de cualquiera que pudiese ayudarle, y atacarle con sus propias manos.
No fue fácil. Era un tipo duro, y a pesar de pillarle por sorpresa se revolvió y golpeó salvajemente las costillas del viejo. El cura, haciendo caso omiso del dolor, le agarró del cuello como pudo y empezó a estrangularle. Ambos cayeron al suelo cuando ceso el forcejeo. Julius con un par de costillas rotas. El lampblack con el rostro desencajado por la agónica asfixia. Stiff y los amigos del cura le sacaron de allí y lo llevaron a su celda antes de que los guardias encontrasen el cadáver.
A diario aparecen cadáveres en Ironhook. A la guardia le da igual. Para ellos son escoria. Molestan, gritan, huelen mal y están siempre esperando un descuido del guardia para atacarle o intentar robarle. Es una prisión pequeña para tanto delincuente como hay en esta ciudad. Si de vez en cuando alguno desaparece, y ninguna persona importante de la ciudad pregunta por él, ellos tampoco lo harán. Una boca menos que alimentar, una celda más que ocupar por un nuevo preso…

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Mei llega a la casa de trabajo
Una histora de Mei y Julius

La joven, aterida del húmedo frío que subía de los canales, tocó de nuevo al recio portón. Se veía luz en las ventanas de los sótanos, a ras del suelo de la calle, pero nadie parecía escuchar desde allí los golpes de la entrada. Tras un buen rato insistiendo, una mujer mayor con cara de sueño abrió la puerta, y la miró de arriba abajo, con poco disimulado desdén, y ojos legañosos de sueño.
- ¿Que buscas jovenzuela?-Graznó más que hablar.
- Me dijeron que aquí podría encontrar cobijo y cena.- Temblaba de frio, pero de alguna manera consiguió que su voz no sonara entrecortada.
La vieja, deseando volver al calor de la cama y apartarse del helor que entraba por la puerta, le hizo un gesto resignado, dejándola pasar y después cerrando los pesados pasadores.
- Sígueme a la cocina. Aún queda algo de sopa. Te la calentaré.
Meina siguió a la anciana, mientras miraba con curiosidad a su alrededor. El sitio era espartano pero limpio. Un agradable escalofrío la recorrió cuando su cuerpo empezó a sentir el calor del hogar, y a expulsar la humedad de sus huesos. Se oía un tenue ruido de maquinaria que provenía de abajo, y un leve olor dulzón que no supo reconocer impregnaba el lugar. El olor la intrigaba. Tenía buen olfato. Sus años en la herbolaria de su madre le habían hecho tener un delicado sentido para reconocer los diferentes olores de plantas y emplastos. Pero aquello era nuevo. Desde luego no era una planta natural, ni nada comestible, a pesar de su agradable aroma. Era algún tipo de compuesto elaborado.
La vieja le señaló una gran mesa, mientras revisaba entre varios pucheros, hasta encontrar uno que todavía contenía algo supuestamente comestible. Con un gran cucharon sacó varias cucharadas y las puso en un cazo más pequeño, que colocó junto a la lumbre. Después se dirigió a una alacena, de donde sacó un cesto con varias hogazas de pan. Le tendió uno a la joven. Sin esperar a su reacción se giró de nuevo hacia otro armario, y de entre unos trapos húmedos sacó queso y lo puso en un plato.
- Ve comiendo, niña. Estas azul y transparente. La sopa estará caliente enseguida. – La vieja se permitió un leve gesto de complicidad.-! Anímate, no vas a morir de frio esta noche!!Y por todos los santos que hace un helor del infierno! Se acercó de nuevo al fuego y metió un par de trozos de madera más para avivarlo. Se giró de nuevo hacia la joven, que comía sin disimular el hambre.
- ¿Y bien? ¿De dónde vienes?¿Cuál es tu historia?
- Acabo de llegar en un mercante, – dijo ella tras unos instantes intentando tragar el queso seco y rancio- Tengo familiares en la ciudad, pero deben haber cambiado de dirección porque no he conseguido encontrarlos. Pero le aseguro que mañana….
- Por supuesto, por supuesto niña…, – cortó la vieja con desprecio- . Ambas sabían que aquello era mentira. Y la vieja estaba cogiendo fuerzas para soltarle uno de sus ensayados sermones cuando volvieron a escuchar el repiqueteo de la puerta.
- ! Maldita sea esta noche!, ¿que no piensan dejarme dormir?- Refunfuñó mientras se dirigía de nuevo hacia la puerta y dejaba a Mei sola en la cocina, tiempo que ella aprovechó para coger otro trozo de pan y otro de queso, guardárselos bajo la camisa, y después seguir comiendo como si tal cosa.
- Por dios bendito, Padre Bentham, ¿qué le ha ocurrido?- Escuchó decir a la vieja con voz alarmada. Los pasos se acercaron hacia la cocina de nuevo, y la mujer entró acompañada de un hombre mayor, con gesto de dolor en la cara, y agarrándose de un costado una mano ensangrentada.
El hombre se dejó caer en una silla pesadamente, Después intentó extraer algo de uno de los bolsillos de la pesada levita, pero la posición en la que estaba parecía provocarle un intenso dolor y no era capaz de mover el brazo adecuadamente para extraer lo que fuese del bolsillo. Mei le observaba sin pudor, como quien observa a una tortuga que se queda sobre su caparazón, intentando moverse infructuosamente.
La anciana regresó a la habitación, con una palancana y varias vendas.
- Padre, no entiendo como acaba un hombre de Dios como usted siempre metiéndose en líos. No debería mezclarse con esa gentuza que frecuenta, cualquier día acabará fiambre, como nuestra benefactora la señora Grazier, que en paz descanse, o nuestro querido contable, que Dios le guarde en su seno, !pobre hombre! Ay señor que no ganamos para desgracias en esta casa…
- ¿Puede callarse un momento y bajar a buscar a Marcus?- El hombre cortó la cháchara de la mujer con una voz muy particular, con un ligero gorgojeo, aunque profunda y autoritaria, y con un claro matiz de cansancio. La mujer se calló en el acto, dejó las vendas y salió de la habitación.
- Y tú- Miró a Mei como si acabase de descubrir sus presencia en la habitación.-Ayúdame a quitarme la ropa.
Mei se levantó y le quitó la pesada gabardina negra. La dejó caer al suelo, y sonó pesadamente, como si llevase los bolsillos llenos de plomo o de botellas. Continuó con la chaqueta y el alzacuellos. Bajo este pudo descubrir unas feas marcas en el cuello, rodeándolo. Eran las marcas de una soga, que habían quemado y desollado casi toda la piel, en su garganta y en los laterales. Ahora entendía su particular tono cascado de voz de voz.
Tras quitar con dificultad la chaqueta, pudo apreciar que la camisa estaba agujereada y enrojecida de sangre. El cura sacó un par de pistolas de su cinturón y las tiró sobre la mesa. Señaló a Mei su gabardina en el suelo. Ella siguió la dirección del dedo, y registró los bolsillos. Eran bolsillos muy amplios, y en ellos había de todo. Arrodillada en el suelo, empezó a sacar cosas y colocarlas sobre la mesa, pues no sabía que era lo que el cura quería. Sacó una pesada biblia, de cantos metálicos remachados. Una navaja. Una bolsa de dinero. Un manojo de llaves. Bolas de plomo, una botella de whisky. El hombre gruñó. Era eso.
Mei abrió la botella y se la pasó. El cura dio un largo trago. Después suspiró y pareció relajarse. Le tendió la botella a la joven y cerró los ojos, esperando que el alcohol hiciese algo de efecto. Mei bebió un pequeño trago. Era whisky irlandés, de buena calidad. Se acercó a la camisa y con cuidado la apartó de la piel, quitándosela, e intentando asegurarse de que no quedasen restos de tela adheridos a las heridas. Había todo un racimo de pequeñas heridas sanguinolentas. Un disparo de escopeta o trabuco, pensó. Cogió una de las vendas de la mesa, la mojó en la palancana, la escurrió y empezó a limpiar la herida. En un primer momento le sorprendió que aquel vejestorio estuviese aún en pie tras un disparo así, pero tras limpiar un poco el cuerpo y examinar su torso desnudo más de cerca empezó a dudar sobre la aparente fragilidad de aquel hombre. No había duda de que era más duro y resistente de lo que por su forma de andar y por lo ajado de su rostro había imaginado. Su cuerpo era muy delgado, pero también fibroso y correoso. Estaba plagado de cicatrices. Impactos de bala, cortes cosidos con mayor o menor destreza, antiguas marcas de latigazos en la espalda. Cortes en los brazos propios de quien ha peleado a navajazos por su vida.
Mei casi había terminado de limpiar el cuerpo cuando otro hombre entró en la cocina. Iba sucio y desaliñado, y trae consigo ese penetrante olor dulzón irreconocible que tanto la había intrigado antes.
- Vaya, que sorpresa, Julius. Sangrando de nuevo.- El sarcasmo era evidente. El hombre aparto a Mei sin apenas mirarla y examinó las heridas de cerca.
- Mmmm. Esto te va a doler, tienes todo el plomo dentro, – le dijo con desgana, como quien habla de algo aburrido y rutinario, mientras palpaba las heridas con su manos sucias-. Llamaré al médico.
Se levantó y se dirigió a la salida cuando el cura le preguntó.
- ¿Cómo llevamos el trabajo? ¿Estará listo a tiempo?
Riven sonrió, con esa sonrisa entre infantil, juguetona y malévola tan característica suya.
- Por supuesto. Estamos en la fase final de la mezcla, ¿no lo hueles? – Riven inspiro teatralmente, para reforzar sus palabras-. Esta vez ha salido un coctel perfecto, jijijiji. Te va a encantar. – Se dirigió de nuevo a la puerta. – Aviso al médico. Yo de ti no me movería mucho por cierto. Tú, encanto. – Dijo mirando a Mei-. No dejes que se mueva, ni que beba más, ¿vale? Y sin esperar respuesta desapareció de nuevo en el pasillo, tarareando una incomprensible melodía.

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Diario de Bran Weaver
4.- Rodeados de Espias

Diario de Bran Weaver
4.- Rodeados de espias

El nuevo encargo de mi amargamente amada Lady Rosllyn Kellis no deja de complicarse. No hemos tardado mucho en descubrir que Nicole Hume, la ladrona de la embajada, trabajaba para los Sabuesos de la Niebla, que a su vez trabajaban para el gobierno prusiano. Y no cabe duda de que el gobierno prusiano trabaja en connivencia con los americanos. Las pistas son evidentes. Quizá hayan sido hábiles para esconder su triple juego a la mayoría de jugadores de este letal juego, pero yo ya llevo tiempo tras ellos. Siento su presencia observándome en ciertas calles, siento su aroma arrogante y prepotente. La fragancia de sus dólares apestosos extendiéndose como un cáncer por nuestra ciudad, y cambiando intereses y voluntades a su antojo.
Esos hombres que parecen marineros irlandeses, esos barcos con banderas europeas, Esos pasos hábilmente disimulados… Se nota que es un plan complejo, con ramificaciones absolutamente brillantes y discretas, y de una lógica condenadamente difícil de seguir. Como han sido capaces de infiltrar sus propios intereses en los del conflicto austro-prusiano es algo que se me escapa todavía. ¿Qué quieren? ¿A quién les interesa beneficiar y para qué? ¿Tal vez intereses comerciales? Tal vez debilitar a las potencias europeas para así aprovechar su predominio en el tablero internacional?

Las investigaciones nos llevan a un hombre llamado Wolfgang Von Relinhauser. Oficialmente médico, extraoficialmente espía de los alemanes. Intentó interponerse en nuestro camino y atacar a uno de los Sabuesos de Niebla para que no hablase con nosotros, o con nadie. Por suerte le herimos y le dejamos temporalmente fuera de juego. Tal vez esto nos ayude a acercarnos a los Sabuesos y hacer frente común.
Skol tuvo una buena idea al intentar proponer una alianza. Tenemos demasiados enemigos, y aunque ellos creen que nuestros intereses son los mismos, lo cierto es que podríamos ser capaces de limar diferencias y convivir y comerciar. En el fondo no nos dedicamos a lo mismo. Lo suyo es el contrabando de bienes y lo nuestro recopilar información. Es parecido, pero no tiene nada que ver.
Ahora Jeffry ha visto que íbamos en serio con lo de protegerle. Eso debería tener algún valor. A ver si por una vez las cosas nos salen algo mejor que como habitualmente… Y si no es así,…bueno, volveremos a regar las calles con sangre. Tal vez debamos replantearnos nuestro negocio….

Las respuestas a las peticiones realizadas a Lord Hay tardan en llegar. ¿Habrá sido interceptado el correo? Todo podría ser posible. Tal vez sea el momento de viajar personalmente a Londres y exponerle cara a cara sus inquietudes al respecto. Pero la situación aquí tampoco permite alejarse tanto tiempo. Los problemas se solapan con endemoniada insistencia. La guerra con Torin ha tenido un violento desenlace, pero aún no podemos darla por concluida. La visita del Príncipe ha impedido que terminásemos de recoger todo lo que era nuestro.

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Resumen IV: Un asunto de estado

Tras semanas de búsqueda por fin estábamos preparados para golpear a Torin Ironborn. Teníamos asesinos contratados, los habíamos seguido y sabíamos donde estarían tanto Torin como sus mas importantes lugartenientes. Incluso había una pequeña cantidad de armas químicas dispuesta para su uso en el plan de decapitar a esa banda de sucios irlandeses.
El golpe salió perfecto. Por una vez la mala suerte que últimamente nos venía siguiendo, que había convertido tantas operaciones sencillas en inmundas colecciones de despropósitos, no hizo aparición. La venganza era nuestra, aunque la imposición de Los invisibles de una tregua generalizada en el mundo criminal mientras durase la visita del principe Guillermo nos ha impedido aprovechar el momento para quedarnos con los negocios de los irlandeses. Al menos la guerra de bandas ha terminado.
Nuestro contacto con la Corona, la baronesa de Morley nos dio un nuevo encargó. Un crimen ha ocurrido en el consulado austriaco. Una presunta ladrona cayo desde una ventana del tercer piso sobre la verja que rodea al consulado, quedando empalada. Los testigos dicen que el primer hombre que se le acerco, un caballero de mediana edad bien vestido, hablo con ella antes de morir y se llevó algo. Desapareció en un carruaje negro similar a un coche funebre.
El jefe de seguridad del consulado, Ludwig Werner, no deja a las autoridades locales que investiguen el suceso. Y hemos averiguado que se encuentra preocupado por la desaparición de un “registro”.
La fallecida se llamaba Nicole Hume. Era conocida por la policia como una ladrona. Hablamos con dos de sus compinches, un falsificador y un presunto novio, y averiguamos que trabajaba para la banda de los Sabuesos de niebla. En su habitación encontramos pasaportes con identidades falsas prusianas y austriacas, así como planos del consulado e información de la visita del príncipe, y bastante dinero.
Después, cuando se puso el sol, fuimos a hablar con los Sabuesos de niebla a un muelle en el que suelen operar. Al llegar vimos que habían sido atacados. Los fantasmas de los sicarios muertos nos dijeron que un hombre solo, con acento alemán, les había atacado buscando información sobre Nicole. Ellos poco sabían de los últimos asuntos de la ladrona, pues eran miembros con poco nivel dentro de la banda. Pero nos dijeron con quien podríamos hablar, un tal Jeffry Lovell, un intermediario con muchos contactos.
Conseguimos llegar a Jeffry antes que el asesino alemán, y averiguamos que el encargo del robo se lo había dado Wolfgang von Relinhauser, un médico y posible espía. Cuando intentábamos llevar a Jeffry a un lugar seguro nos asaltó el mismo hombre que había estado interrogando a los Sabuesos, pero pudimos herirle con un disparo a quemarropa y zafarnos de él.
Jeffry nos revelo que aparte de poner en contacto a Nicole con Wolfgang von Relinhauser también habia dispuesto sacar de la ciudad a un empleado del consulado.
Nos dividimos, un grupo fue a casa de Wolfgang, que era a su vez su consulta médica y le robamos un libro interesante y la caja fuerte, que aún no hemos podido abrir. El otro grupo fue a recoger al empleado, un secretario del consulado. Se llamaba Frederick Halpimer, y averiguamos que el registro es un libro contable donde aparecen pagos de dudosa legalidad a varias personas de la ciudad, algunos a científicos excéntricos (nuestro querido Martin Crowning y una tal Ora Hut) y otros a posibles revolucionarios y rebeldes. Por desgracia no pudimos salvar a Frederick pues el alemán que nos había atacado antes apareció y acabo con su vida. Conseguimos obligarlo a retirarse gravemente herido al menos. Algo sabemos ya de su identidad: es un Hexenwolve, un caballero-brujo que protege al príncipe de Prusia.
Visitamos a ambos científicos y Crowning ha fabricado una máquina de guerra que se oculta oculta bajo las aguas del puerto y Hut ha construido un extraño portal místico que conduce a una ciclopea ciudad invertida. Esta última menciona en algunas anotaciones al Dios Caníbal.
Para complicar más la situación un mensaje de Wolfgang cita a varios compradores para pujar por el registro robado esta noche.
Antes de la cita para la puja nuestro técnico Brian Ghost consiguió abrir la caja fuerte. En su interior había dinero y más pasaportes falsos, las escrituras de 4 casas en Doskvol y una en Londres, y dos libretas codificadas.
Sin más tiempo acudimos a la subasta, que resulto ser una trampa en la que nos encerraron junto con agentes de otras naciones y trataron de gasearnos. Algo maltrechos conseguimos salir de la encerrona. Los indicios apuntaban a que el servicio austriaco había preparado la situación, pero con gente tan traicionera no podíamos estar seguros.
Una de las casas, situada a las afueras de Doskvol, resulto ser el refugio donde se escondía Wolfgang. La asaltamos y lo capturamos. Nos reveló que desde casi el principio la operación había comenzada a ir mal. Quizás una maniobra interna de los propios austriacos, o la jugada de un agente doble o triple. A cambio de darnos los códigos para su diario y la localización del registro le ofrecimos pasaje a la India. Pero en el camino al puerto lo secuestraron. Cansados y debilitados, dimos por perdido a Wolfgang, y nos conformamos con solo la mitad de la recompensa que nos había prometido Lady Rosellyn Kellis. Lo último que sabemos de Wolfgang es que lo subieron a bordo de un barco turco en dirección a puertos alemanes.
Hemos aprovechado las casas que eran de Wolfgang y hemos abierto en una de ellas una botica cuyo sótano queda a disposición de los Susurros de la banda. La propiedad más grande y lujosa la hemos convertido en una casa de juego, y el refugio de la afueras ahora es una granja de cerdos, adecuada para deshacerse de cadáveres.

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Resumen III: El caso del hombre verde

Mientras nos lamiamos las heridas y planeabamos nuestra venganza contra la banda de Torin Ironborn no ibamos a permanecer ociosos.
Nuestro contacto en la policía, Laroze Billings, veia en peligro su posición debido a la limpieza del cuerpo que se esta llevando a cabo por la visita del principe Wilhelm de Prusia. Para ello le vamos a ayudar a resolver un caso de asesinatos en serie que están ocurriendo uno cada noche, y llevan 6 victimas.

Los primeros asesinatos solo estaban relacionados por los extraños símbolos grabados con un cuchillo en sus pechos, pero a partir de la cuarta víctima el ritual que rodea cada muerte aumenta en complejidad. Los dos últimos están relacionados con lo paranormal, un bibliotecario de cierta reputación en esos temas y un estudioso de lo oculto. Entre ellos había correspondencia junto con un tercer hombre, Melvin Penningworth, regente del Club Oriental. Además en las zonas de las muertes se ven dos grupos sospechosos, uno de gitanos recién llegados a la ciudad, y otro dos hombres que resultan ser celadores del manicomio.
El señor Penningworth confia en nosotros para decirnos que junto con sus dos amigos mantenían en pie una protección de un lugar prohibido, un templo en el que reside el “Hombre Verde”, un ser relacionado con el culto a Dis Pater.
Los gitanos no son nada fáciles de tratar, y tras un enfrentamiento violento descubrimos que entre ellos se encuentra un poderoso hechicero, muy anciano.
Los celadores se enfrentan y capturan a una mujer de extraordinaria fuerza según los testigos. Cuando vamos al manicomio para interrogarlos la situación se complica y acabamos matando a un par. Al menos conseguimos liberar a Joan Bayldon, la mujer que habían capturado. A esta joven el Doctor Alexander Bandorf la sometía a un extraño tratamiento.
Cuando Joan recupera la consciencia empieza a hablar con voz de ultratumba y escapa. Es muy posible que hayamos puesto en circulación de nuevo al asesino ritual.
Volvemos a casa de Melvin Penningworth, y mientras conversábamos con el es atacado por una extraña fuerza mística. Nos dimos cuenta que el ataque no buscaba matarlo sino levantar el velo que cubría el templo oculto.
Casi al mismo tiempo gran parte de los gitanos se pusieron en movimiento hacia un islote enfrente de los acantilados situados a 5km al norte de la ciudad.
Claramente el premio final estaba a tiro y decidimos ir nosotros también allí. En el islote encontramos una entrada a un estructura subterránea, llena de trampas y defensas tanto mecánicas como mágicas. Los gitanos que habían caído delante de cada una de estas trampas nos sirivieron para detectarlas, pero aun así no fue fácil cruzar.
Casi al final del camino encontramos un grupo de 3 caballeros en combate con parte los gitanos. Decidimos ayudarles y resultaron ser la ayuda que había pedido Melvin a Londres.
Nos dijeron que lo que estaba sellado en este templo solo podía ser liberado mediante una Llave, un espíritu dentro de un cuerpo humano. El contacto entre el poseído y el Hombre Verde liberaría a esta entidad.
Por desgracia lo que estaba abajo nos superaba ampliamente en potencia de fuego y habilidad. No solo mas de una docena de gitanos, sino también el poderoso hechicero que los dirigía y una entidad demoníaca. La victoria era imposible, pero nos quedaba una opción: el templo tenía un mecanismo que lo destruiría y hundiría bajo las aguas.
Lo activamos y conseguimos escapar casi intactos. El Hombre Verde estaría atrapado durante unos pocos años, pero al menos nos da tiempo a prepararnos.

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Los problemas crecen
Una reflexión final de Cordelia

Estamos en plena investigación y los problemas se acumulan.
Las pistas nos llevan en varias direcciones y demonios personales nos persiguen y asaltan en los momentos mas inoportunos.

Nos disponíamos a atrapar a los chantajistas secuestradores tendiendo una trampa en el lugar del intercambio cuando Skoll se ha visto amenazado por alguien de su pasado. La facilidad con que ha dado con él y se ha inmiscuido en su vida y en las nuestras hace que esté alterado, preocupado y, como decirlo, un poco irascible.
Ha decidido ir solo al encuentro de su misteriosa némesis y veo en su expresión que no aceptará consejo sobre demorar lo inevitable, así que me he ofrecido a acompañarle. Él, todos ellos, han visto de lo que soy capaz y aunque no sabemos lo que nos espera, todos confían en que sabremos apañarnos solos.
Así pues, nos encaminamos al lugar de encuentro, una trampa segura, pero sabiéndolo no será fácil pillarnos desprevenidos.

La trampa final era mas de lo que podíamos manejar. He utilizado mi don, un don concedido por mi Dios para su servicio. Un Don cuya ofrenda son las almas de los desgraciados que se ponen en mi camino.

Esta vez, no han sido suficientes las almas de mis enemigos. Menos mal que he podido proteger a Skoll de los peor.

Ha sido una buena vida.

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La guerra de Torin
La vision de Bran Weaver

No podía quitarme de la cabeza la imagen de aquel niño y su madre degollados. A lo largo de mi vida he visto mucha sangre, dolor y sufrimiento. He visto los estragos de la guerra en los pueblos y las personas. He visto como la violencia y el dolor destruía todo a su paso, incluso a mí mismo.

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El enigma de los angelitos desaparecidos, Segunda Parte
Las investigaciones del Padre Bentham

Bran Weaver ha venido a verme tras un largo tiempo separado del grupo. No se encuentra bien. Me ha hablado sobre unos espías americanos que cree que le siguen a todas partes. Sobre una tal Polly Sigul, el espíritu de una doncella muerta hace un año en casa de los Doyle. Y sobre la guerra abierta con Torin. Le he intentado tranquilizar, pero parecía muy alterado. Parece que Sigul está afectando a su juicio.

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El caso de la señora Grazier
Octubre de 1839. Los hechos según el Padre Bentham

Los preparativos del plan se habían iniciado unas semanas antes, pero no fue hasta la noche de la cena en casa de John Bidwell cuando las cosas se pusieron en marcha. Lamentablemente, por muy cuidadosos que sean los planes, siempre suele venir alguien a joderlos.
Conseguimos invitación para la cena a través de un contacto de Cordelia, un filántropo francés muy popular, diletante y espía a ratos libres, André Montant.

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